martes, 14 de abril de 2015

LA EXPERIENCIA DE UNA VIDA SALVAJE EN RÍO COCO - V.- LUCHA EXTREMA

Lee la historia completa de nuestra experiencia de vida salvaje en Río Coco.

Lucha extrema por tener una experiencia de vida salvaje

Adaptate o muere. Si estás en la naturaleza es mejor adaptarse a ella, porque pretender llevar una vida salvaje con normas de una civilización de espaldas a ella, es fracaso asegurado. Pronto nos dimos cuenta, por lo que adaptamos nuestros horarios al natural solar, despertando con la salida del sol y durmiendo con la puesta.

Vivir viajando como mochileros
Cocina en la parte de abajo de la pequeña cabaña de invitados. Río Coco.

Con los ojos aún pegados, en ropa interior a veces, que es la libertad de estar totalmente solos, bajábamos los dos pisos que nos separaban del jardín y lo cruzábamos hasta la cocina. Machete en mano para cortar la madera, y después de haber sacado el café y demás enseres de mil bolsas para protegerlas de los bichos, nos dirigíamos como zombies hacia la zona donde hacíamos fuego.

No llovió mucho, pero la humedad afecta a la madera, y mas después de la noche. Así que en esos días que no habíamos juntado madera suficiente, nos encontrábamos con un problema a la hora de encender fuego. Un ritual para poder hervir el agua y colar el café con un calcetín improvisado con un trozo de manga de camiseta. Trabajar desde despertar era lo que tocaba. 

Subir de nuevo a la habitación, con el café, los platos y cubiertos y sentarnos en la mesa para contemplar ese inmenso océano desde las alturas, con las palmeras en primer plano y el sonido de la madre naturaleza eran, junto con el atardecer, los mejores momentos de nuestros días.

Lo aprovechábamos bien, desayunando algo de cereales mezclados, cuando teníamos, con Tang, y/o algo de coco. Pero sobre todo mucho café.  Con eso manteníamos el estómago lleno hasta la hora de la comida.

Vivir viajando como mochileros
Porche de la cocina, con la perrita Flaca que nos encontramos al llegar a Rancho Coco.

Cuando el sol comenzaba a apretar, era la señal para comenzar a movernos y repartir las tareas.

Normalmente yo me iba un par de horas a la selva a cortar madera con machete. Durante días tuve las manos vendadas repletas de ampollas sangrantes. Cortaba cada día dos o tres árboles que ya estaban caídos y secos para abastecernos de madera y los transportaba a los hombros unos 300 m por un camino angosto y bastante complicado.

Marieta solía comenzar con la limpieza del rancho. Una limpieza dura, industrial diría yo, sin herramientas, con mil clases de insectos de todo tipo, de los cuales no teníamos ni idea de su existencia ni  mucho menos de su posible peligrosidad. Porque en una situación de aislamiento tal, la precaución es tu mejor amiga.

Recuerdo una norma muy clara entre nosotros. NUNCA SEPARARNOS Y SI LO HACÍAMOS, MANTENER CONTACTO CADA 5 O 10 MINUTOS, NORMALMENTE GRITANDO, SABIENDO SIEMPRE DONDE ESTÁ EL OTRO.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
Una de las reparaciones hechas en el depósito de agua. Rancho Coco.

Recuerdo por qué pusimos esa norma. Pasó un día que yo andaba en el camino que iba hacia la montaña en plena selva, porque llevábamos dos días sin agua potable y teníamos que hervirla para beberla. El depósito de agua se había caído y unos monos habían mordido la manguera en busca de agua. Yo pensaba que Marieta estaba camino abajo, hacia la playa y bajé para verla. Ella subió porque me gritaba y yo no contestaba porque no podía escucharla ya que estaba abajo y el mar no me lo permitía. Al no verla abajó subí de nuevo y la escuché gritar de forma alarmante. El corazón se me aceleró y en 5 segundos el pánico nos atrapó, no sabíamos donde estaba el otro y mil dudas nos asaltaron ¿Dónde está?¿Por qué no contesta?¿Le habrá pasado algo?¿Qué hago si es así?¿Y si no nos encontramos?

Hablamos largo y tendido de este tema, mientras nos calmábamos. Pero la lección estaba aprendida. Si algo hubiera pasado en ese momento de desconexión, y uno tuviera problemas, el otro no podría haberlo ayudado, a la vez, quedarse solo en esa situación no es nada agradable.

Así transcurrían los días. Con la tensión de estar con los 5 sentidos vigilantes en todo momento.

Cuando mi trabajo con la madera terminaba, limpiaba o acondicionaba otras zonas del rancho. 

Otras veces bajábamos a Río Coco por un rato para refrescarnos o buscar cocos para comer. Otras descansábamos haciendo pulseras. Pero realmente mantenernos ocupados en un lugar donde no hay entretenimiento, era fundamental para que la desidia no hiciese presa del ánimo.

A medio día mas o menos, nos tocaba, de nuevo, preparar el fuego para la comida. Solía ser pasta o arroz con salsa de tomate concentrado y a veces un poco de chayote (verdura tipo calabacín). Antes de subirnos nos dábamos el lujo de una ducha para limpiar toda la porquería y sudor que nos embadurnaba cada mañana, y después, nos retirábamos a nuestro refugio a comer tranquilos y descansar un poco.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
Nuestra despensa de cocos, para emergencias de falta de comida y alimento extra. Rancho Coco.

El calor no nos dejaba disfrutar tanto como nos gustaría de ese momento. Tampoco queríamos dormir siesta. Hacerlo suponía dormir tarde a la noche. Y la luz solar es oro cuando no dispones de electricidad. Así que preferíamos reservar el sueño para la noche.

Después de un merecido descanso, charlando. Nos volvíamos a poner en marcha. un par de horas. Mas suaves, por el calor, o aprovechábamos para bajar a Río Coco o a la playa si la marea no era alta.

Llegaba la cena y de nuevo el ritual del fuego, si teníamos algo para calentar, que no siempre era así. Otra ducha y el atardecer, y cenábamos siempre mirando al mar. Esperando esa manada de monos titi que casi todas las noches aparecía en las 3 palmeras de enfrente, y que, observarlos, se convirtió en nuestro ritual de entretenimiento nocturno.


Tensiones nocturnas y paranoias truculentas

La puesta de sol nos envolvía y nos hacía relajarnos, hasta que la noche caía y las lámparas de aceite iluminaban una absoluta oscuridad, con sonidos nocturnos de mar brutal y selva, que a veces eran cantares y otras taladraban la cabeza.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
La luna en la noche de Rancho Coco

Y en breve, los insectos aparecían y comenzaban a molestar. Así que una retirada a la cama, cubierta con la mosquitera, era la mejor opción. 

Nesmer ,el machete, siempre dormía a mi lado.  Rancho Coco era paso de indígenas, además de que esa zona es paso de contrabandistas, y, aunque nunca pasó nada, cuando estás perdido quién sabe donde y no tienes puertas ni seguro,  mas vale prevenir.

En alguna ocasión, al bajar para hacer el café, veíamos que alguien había estado allí por la noche. En otra ocasión escuchamos silbidos en mitad de la noche en la planta baja. Y cuando tienes tiempo para pensar, muchas cosas se pasan por la cabeza y las noches pueden ser eternas.


Los rigores de una vida salvaje

Por desgracia, el error es lo que nos hace aprender. Lo aprendimos muy  bien cuando Marieta me alertó de un escorpión que salió mientras fregaba y yo cortaba leña para el fuego con el machete. Me acerqué y lo  maté. Pero en uno de los intentos extendí demasiado el brazo y ella estaba cerca. Le rajé un dedo.

Por suerte no fue mucho. Pero darnos cuenta de que ese pequeño corte podría haber sido en un punto vital y de que hubiera supuesto una muerte segura, nos dio mucho que pensar. Y aunque sea reiterativo, insistimos en que cualquier precaución es poca, siempre que estés en una situación de vida salvaje.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
En la cocina, haciendo tareas. Rancho Coco

Vivir viajando y salir de la zona de confort, no es nada fácil. Exige sacrificios y si piensas que toda una vida de costumbres y seguridades se esfuman en unos meses, estás equivocado. Por eso, necesitábamos beber algo frío, comer algo rico, y sobre todo, no pensar en sobrevivir, ni preocuparnos de absolutamente nada. Sentirnos seguros era un descanso.

3 veces nos escapamos a Punta Banco. A un hostel que para nosotros  era nuestro paraíso, nuestra descanso. Rancho Burica. Donde nos quedábamos una noche, comíamos, nos tirábamos en una hamaca, nos conectábamos con el mundo y dormíamos sin mosquitera,  pequeños detalles que tenemos cada día, pero que en ese caso eran lujos extremos. Rancho Burica de por si es un lugar genial, pero para nosotros era mucho mas que para cualquier viajero o turista.

Nuestro querido y gran amigo Pablo, es un tipo peculiar. Siempre dispuesto a ayudar, pero con tantas cosas en la cabeza, se olvidaba de nosotros, o nos traía menos comida de la que necesitábamos. Así que 4 o 5 veces, tuvimos que coger la mochila vacía, el machete y agua. Calzarnos las zapatillas y caminar los 7 km por la playa que nos separaban de Punta Banco para poder abastacernos.

La cuestión es que debíamos  ir y volver en un espacio de 4 horas para pasar La Estrechura con la marea baja. 14 km a pleno sol, con 20 kg en la mochila. Te hace darte cuenta de que el límite siempre está mas lejos de lo que parece, solo depende de la necesidad real que tengas.

Una de las cosas que debíamos hacer, era limpiar y poner en marcha un horno de leña que Pablo había construido hace años. Un trabajo sencillo, cuando lo has hecho antes. No tanto si las instrucciones dadas han sido escasas y nadie supervisa la labor.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
Descansando en La Estrechura de camino a Punta Banco

Fue ahí donde mis manos sangraron durante días. Al cortar a machete 5 o 6 árboles caídos para encenderlo, y calentarlo. Y fué ahí donde el orgullo se ve como un mero chiste. Al estar durante 24 horas quemando leña en el lugar equivocado, esperando el calor del horno y casi prender fuego a la cabaña de invitados.

Después de mucho debate, ese orgullo me lo comí, hice caso de otra alternativa, que resultó la correcta. Y aprendí que los errores, muchas veces lo son, por no querer escuchar.

Ese bendito horno nos ayudó mucho, porque una vez encendido, conservar la temperatura era muy fácil. Nos evitaba tener que encender fuego 3 veces al día, nos permitía hacer pan y pizza, nos permitía cocinar al horno en poco tiempo. Y esa "tecnología" te da qué pensar. Cuánto la tecnología ayuda a evolucionar, y a la vez, cuánto nos aleja de lo que somos y nos acomoda en un sofá de falsa seguridad.

La característica principal de la vida salvaje, es que todo es duro, todo cuesta mas, todo requiere mucho tiempo y esfuerzo. Cosas sencillas que en el "mundo civilado" son actos cotidianos y que no requieren de ningún esfuerzo. En Río Coco agotaban.

Las prioridades cambian y las necesidades son otras. Sólo importa sobrevivir, la alerta se convierte en algo natural y cotidiana, las cosas ya no son útiles aquí y lo que no vale para nada allí, se convierte en algo esencial allá.

Tu mundo da una vuelta completa y tu mente se vuelve mas abierta. Llegas a experimentar un cambio tan profundo, que incluso cuestionas tu propia naturaleza.

Vivir viajando como mochileros, una experiencia de vida salvaje
Playas salvajes en la zona de Río Coco


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